La falsa creencia de que el buen clima protege es una trampa silenciosa con consecuencias directas para la salud. Con la llegada de los días cálidos, las tardes más soleadas y la luz extendida, los espacios recreativos ven aumentar la afluencia de personas. Reaparecen los corredores y caminantes, los gimnasios incrementan su flujo y las actividades deportivas al aire libre se multiplican.
A diferencia de los deportistas profesionales, quienes cuentan con una planificación estructurada y un equipo técnico que dosifica las cargas de entrenamiento, las personas que retoman o inician una actividad física suelen guiarse únicamente por el entusiasmo.
Salir del sedentarismo es una decisión excelente para la salud integral, pero en esta época del año se repite un fenómeno casi matemático y es el incremento exponencial de lesiones.
Existe la idea muy arraigada de que el buen tiempo reduce los riesgos porque el calor prepara los músculos. Sin embargo, la realidad dice que el clima no cuida ni lesiona. Lo que verdaderamente impacta es la falta de acondicionamiento previa y la ansiedad por recuperar, de golpe, la intensidad que se perdió durante el invierno.
Tras meses donde las rutinas sedentarias restan movilidad, fuerza muscular y eficiencia articular, intentar compensar el tiempo perdido de forma repentina genera fatiga, sobreesfuerzo y la acumulación de microtraumatismos.
La prevención no es una estrategia reservada al alto rendimiento, es la herramienta indispensable para que cualquier persona mantenga una rutina activa sin interrupciones forzadas.
También para los caminantes
Este riesgo se vuelve particularmente crítico en un grupo numeroso y muchas veces invisible que son los caminantes. Aunque caminar parece una actividad inofensiva y repleta de beneficios, exige sus propios cuidados. Si se realiza sin la preparación necesaria ni el equipo adecuado, lo que comenzó como un hábito saludable puede transformarse en una complicación.
El impacto físico derivado de esfuerzos repentinos o la exposición a terrenos irregulares resulta difícil de absorber para un cuerpo no preparado. Por ello, es muy habitual observar lesiones asociadas al uso de calzado o medias inadecuadas, así como episodios de deshidratación, mareos y calambres.
Estas complicaciones suelen agravarse ante dos escenarios muy frecuentes:
1. El cambio de superficie en vacaciones. Las personas habituadas a caminatas breves sobre terreno urbano se trasladan a la playa e incrementa abruptamente la duración de sus trayectos sobre la arena, una superficie inestable que multiplica la exigencia articular y tendinosa.
2. El salto repentino al trote. El caminante, entusiasmado por el clima, empieza a correr sin comprender el cambio del impacto articular que implica el trote.
Evaluación, preparación, progresión y descanso
Para evitar que la actividad física termine en una pausa obligada, el primer paso consiste en realizar una evaluación preventiva. Analizar patrones de movimiento, detectar déficits de fuerza o movilidad y revisar la pisada.
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A esto debe sumarse la regla de la progresión, aumentando distancias y tiempos de forma gradual. También respetar los días de descanso, cuidar la calidad del sueño, mantener una hidratación adecuada, vestir ropa respirable, calzado adecuado y evitar la exposición en los horarios de mayor radiación solar.
El dolor como advertencia
Por último, es fundamental aprender a escuchar las señales del cuerpo. El dolor no es un indicador de trabajo bien hecho ni un símbolo de progreso, es una advertencia. La consulta precoz evita que una simple sobrecarga evolucione hacia una patología crónica.
Ponerse en movimiento siempre es una excelente noticia, pero la clave no radica en exigirse al máximo, sino en planificar la actividad entendiendo que el verdadero éxito está en la continuidad.
Lic. Gustavo Gheller es Fisioterapeuta, Lic. en Kinesiología y Fisiatría, especialista en Kinefisiatría Crítica, diplomado en Kinesiología del Trabajo, Ocupacional y Laboral g.gheller@hotmail.com
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