Ayer estaba en el restaurante de un amigo en Buenos Aires y, al estilo de Polémica en el bar, se fueron acercando personajes a la mesa.
En un momento llega un canadiense y nos ponemos a hablar de una escritora canadiense ganadora del Premio Nobel de Literatura (Anne Carson, recomendadísima). Y me dice: «¿Pero vos la leíste?». Y le comento que sí, le cuento de su estilo poético… y él concluye: «Debería leer más, no tengo tiempo para leer».
Y ahí, en esa conclusión, arranco con el foco de esta nota: el tiempo no se gestiona, se gestionan nuestras decisiones sobre el uso del tiempo. Y hoy, más aún, cuando tenemos que aprender a convivir y, en cierta forma, competir con los algoritmos, que nos manejan algo del ritmo de cómo vivimos, de quién nos manda un mensaje, de qué nos hacen leer en internet y de qué videos o imágenes dejamos que entren en nuestra vida.
Hay un juego de palabras que me gusta: el algoritmo parece haberse apropiado de algo del ritmo de nuestras vidas. Nos propone cuándo mirar, qué mirar, con quién interactuar y hasta qué temas deberían interesarnos. Y nosotros, muchas veces sin darnos cuenta, aceptamos ese ritmo.
Hace años que trabajo en talleres de gestión del tiempo y una de las primeras cosas que planteo, bastante provocadora, es que la gestión del tiempo no existe. El tiempo pasa, independientemente de lo que hagamos. Tenemos las mismas 24 horas por día y ningún curso, aplicación o metodología va a modificar eso. Lo que sí podemos hacer es decidir mejor cómo utilizarlas. Pero hay una diferencia enorme entre entenderlo y llevarlo a la práctica. Porque una cosa es decidir que quiero leer más, aprender algo nuevo, hacer ejercicio o pasar tiempo con mi familia, y otra muy distinta es conseguir que esas actividades encuentren un lugar entre las obligaciones, los mensajes, las reuniones, las noticias y las pantallas.
Acá aparece una cuestión que antes no teníamos en esta magnitud: buena parte de nuestro tiempo está siendo disputado por sistemas diseñados para captar nuestra atención. Pensemos un momento en cómo usamos el teléfono. Entramos a WhatsApp para responder algo del trabajo, aparece una notificación de Instagram, vemos una noticia, después un video que alguien compartió y, cuando queremos acordar, pasaron veinte minutos. Lo curioso es que muchas veces terminamos consumiendo información que jamás habíamos salido a buscar.
En una nota anterior hablaba del doomscrolling, ese desplazamiento casi interminable por noticias y contenidos, muchas veces negativos, que nos mantiene mirando la pantalla. Lo interesante es que, aunque sabemos que nos pasa, seguimos cayendo. Y tampoco podemos atribuirle toda la responsabilidad a la tecnología. Nosotros participamos de ese juego, alimentamos los algoritmos con nuestras elecciones y después nos sorprendemos cuando nos muestran exactamente aquello que nos resulta difícil dejar de mirar.
La pregunta es cuánto de ese tiempo estamos decidiendo realmente.
¿Cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla porque queremos y cuánto porque alguien consiguió mantenernos ahí?
Las plataformas compiten por nuestra atención porque esa atención tiene valor económico. Cuanto más tiempo permanecemos conectados, más oportunidades tienen de mostrarnos publicidad, contenidos y productos. Y para lograrlo utilizan sistemas que aprenden de nuestros comportamientos, de los temas que nos interesan, de lo que miramos y de aquello que nos genera alguna reacción.
Hay algo bastante paradójico en todo esto. Nunca tuvimos tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, parece que nunca tenemos tiempo para nada.
Pagamos servicios para hacer trámites sin movernos de casa, compramos por internet, trabajamos desde cualquier lugar y resolvemos en minutos cosas que antes requerían horas.
Pero ese tiempo que supuestamente ganamos muchas veces vuelve a llenarse de nuevas actividades, demandas y distracciones. Incluso hemos naturalizado estar disponibles permanentemente. Un mensaje de trabajo llega un domingo y sentimos que tenemos que responderlo. Una notificación interrumpe una conversación. Un correo parece exigir una respuesta inmediata, aunque no tenga ninguna urgencia real.
Esto ocurre también dentro de las organizaciones. Hay problemas que atribuimos a la falta de tiempo cuando en realidad tienen que ver con cómo organizamos el trabajo. Reuniones innecesarias, urgencias que podrían haberse previsto, tareas que nadie se anima a dejar de hacer, decisiones que dependen siempre de la misma persona. Todo termina en la agenda y después nos preguntamos por qué no llegamos.
Cuando trabajo con líderes suelo insistir en una distinción que parece simple: lo urgente y lo importante son cosas diferentes. Lo urgente reclama atención inmediata, mientras que lo importante está vinculado con nuestros objetivos. Y una de las grandes dificultades es que lo urgente suele ganar esa competencia, aunque muchas veces no sea tan importante.
En nuestra vida personal pasa algo parecido. Mirar el teléfono genera una respuesta inmediata. Leer un libro requiere dedicarle un tiempo, concentrarnos y posiblemente renunciar a otros estímulos. Aprender una habilidad, entrenar o compartir una conversación sin interrupciones exige que decidamos reservar ese espacio.
Por supuesto que tampoco todos tenemos la misma libertad para organizar nuestras horas. Hay personas con jornadas laborales extensas, responsabilidades familiares, problemas económicos o situaciones que limitan enormemente sus posibilidades. Sería absurdo reducir todo a una cuestión de voluntad individual. Pero incluso dentro de esas restricciones vale la pena mirar qué decisiones todavía podemos tomar y cuáles estamos dejando en manos de otros.
Porque quizás el problema más interesante de esta pandemia de no tener tiempo sea que estamos perdiendo la costumbre de decidir conscientemente qué merece nuestra atención.
¿Y la inteligencia artificial? ¿Nos va a devolver tiempo?
Acá aparece otro capítulo de esta historia. Porque la inteligencia artificial puede ser una aliada extraordinaria para recuperar parte de ese tiempo que sentimos que nos falta.
En los programas de formación que desarrollo con empresas trabajamos mucho sobre la identificación de tareas que podemos eliminar, reducir, delegar o automatizar. Y la IA incorpora posibilidades que hace pocos años parecían bastante lejanas.
Hoy podemos utilizarla para preparar un primer informe, procesar información dispersa, analizar datos, organizar una agenda, preparar una reunión, convertir notas en tareas concretas o automatizar trabajos repetitivos que nos consumen varias horas por semana. Y me parece que ahí hay una oportunidad que todavía estamos aprovechando poco. Tenemos herramientas que nos permiten hacer de manera mucho más eficiente parte de nuestro trabajo, pero seguimos organizándonos con las mismas lógicas de siempre.
Ahora bien, tampoco se trata de incorporar IA para hacer cada vez más cosas y terminar todavía más ocupados. Porque ahí volvemos a la misma trampa. Ganamos una hora automatizando tareas y enseguida llenamos esa hora con otras cinco obligaciones.
La pregunta debería ser qué queremos hacer con el tiempo que conseguimos liberar. Acá aparece una preocupación que vengo trabajando mucho, especialmente cuando hablamos de aprendizaje: la tercerización cognitiva. La IA puede resumirnos un libro, explicarnos un concepto, escribir un texto, analizar un problema y proponer una solución. Es maravilloso tener esas posibilidades disponibles, pero también podemos acostumbrarnos a delegar actividades que forman parte de nuestra capacidad de pensar.
Volvamos un momento a la conversación con el canadiense. Si no tengo tiempo para leer, hoy podría pedirle a una IA que me resuma un libro, me describa a sus personajes, explique sus metáforas y hasta me prepare una opinión sobre su estilo literario. En pocos segundos tendría suficiente información como para sostener una conversación sobre esa obra. Pero me habría perdido la experiencia de leerla. De encontrar una frase que me obligue a detenerme, de construir mis propias imágenes, de interpretar algo de una manera diferente a la que podría interpretar otra persona.
Lo mismo pasa cuando utilizamos IA para elaborar una idea. Puede ayudarnos a explorar perspectivas, discutir argumentos y descubrir relaciones que no habíamos considerado. Pero si aceptamos directamente su primera respuesta y dejamos de cuestionarla, corremos el riesgo de ir debilitando aquello que justamente queremos potenciar. Por eso creo que tenemos que aprender a distinguir qué tareas vale la pena automatizar y cuáles queremos seguir haciendo nosotros, aunque nos lleven más tiempo.
No tengo ningún interés en pasar una hora ordenando datos que una herramienta puede organizar en segundos. Pero sí quiero dedicar tiempo a comprender qué significan esos datos y decidir qué hacer con ellos. Esta distinción también sirve fuera del trabajo. La tecnología puede ayudarnos a encontrar un libro que nos interese, organizar nuestras lecturas o comprender mejor un texto difícil. Después tendremos que decidir si queremos leerlo. Estamos ante una posibilidad bastante interesante: utilizar la inteligencia artificial para recuperar tiempo y, al mismo tiempo, cuidar nuestra capacidad de pensar, aprender y decidir.
Recuperar el control de nuestras decisiones
Volvamos entonces a la gestión del tiempo. Creo que necesitamos revisar algunas prácticas bastante arraigadas. La primera es dejar de asumir que todas las actividades que llegan a nuestra agenda merecen estar ahí. Antes de buscar una aplicación para organizarnos mejor, deberíamos preguntarnos qué cosas podemos dejar de hacer.
Lo mismo con las pantallas. Podemos revisar cuánto tiempo pasamos en ellas, desactivar notificaciones innecesarias, establecer momentos para responder mensajes y, sobre todo, recuperar espacios de atención continua.
Me interesa particularmente esto último. Nos acostumbramos a trabajar y vivir saltando de una actividad a otra. Empezamos algo, lo interrumpimos, volvemos, respondemos un mensaje y retomamos otra cosa. Cada interrupción tiene un costo, aunque no siempre seamos conscientes de él.
Hay una idea que utilizo mucho en mis clases: cuando fragmentamos continuamente una actividad, terminamos necesitando más tiempo y energía para realizarla. La concentración también requiere condiciones y esas condiciones hay que construirlas. Tampoco tenemos que transformar cada minuto libre en una oportunidad de productividad. Parece que hasta cuando descansamos sentimos que deberíamos estar aprovechando el tiempo. Escuchamos un podcast mientras caminamos, miramos noticias mientras comemos y revisamos mensajes mientras esperamos un café.
¿Y si recuperamos también la posibilidad de aburrirnos un rato? De mirar por una ventana, caminar sin auriculares o simplemente estar sin recibir estímulos permanentemente.
Quizás en ese espacio aparezca una idea interesante. O quizás no pase absolutamente nada. Y también está bien.
Hay otra cuestión que me parece fundamental: revisar nuestro tiempo requiere observar lo que hacemos realmente. Muchas veces tenemos una percepción bastante distorsionada de cómo transcurre nuestra semana. Creemos que dedicamos muchas horas a determinadas actividades y, cuando las registramos, descubrimos otra cosa.
Podemos hacer un ejercicio muy simple. Durante una semana, mirar cuánto tiempo dedicamos a trabajar, reunirnos, resolver imprevistos, utilizar el teléfono, aprender o realizar actividades personales. Y después comparar esos resultados con aquello que decimos que es importante para nosotros. Seguramente aparezcan algunas contradicciones. Y esas contradicciones pueden ser el punto de partida para decidir algunos cambios. No necesitamos convertir nuestra vida en una planilla de cálculo ni medir obsesivamente cada minuto. Pero sí tomar conciencia de qué está pasando con ese recurso que, una vez utilizado, no podemos recuperar.
Volviendo al principio
Me quedé pensando en aquella conversación. Quizás mi interlocutor realmente tenga muy poco tiempo disponible para leer. No conozco su vida ni sus obligaciones como para juzgarlo. Pero su frase me hizo pensar en la cantidad de veces que nosotros mismos decimos que no tenemos tiempo para hacer cosas que nos gustaría hacer. Y mientras tanto dejamos que otros decidan una parte importante de lo que vemos, leemos, escuchamos y hacemos durante el día.
Me parece que uno de los desafíos de esta época pasa por aprender a convivir con la tecnología sin entregar permanentemente nuestra atención. Entender cómo funcionan los algoritmos, decidir cuánto espacio queremos darles y utilizar la inteligencia artificial para simplificar aquello que realmente nos consume tiempo sin aportarnos demasiado.
Tal vez el amigo canadiense no necesite un curso de gestión del tiempo para volver a leer. Quizás simplemente tenga que encontrar un momento del día, dejar el teléfono a un costado y abrir un libro. Y quizás nosotros tengamos que hacer algo parecido con todas esas cosas para las que decimos que nunca tenemos tiempo. Porque mientras seguimos buscando formas de ganar minutos, hay un algoritmo bastante dispuesto a ocuparlos.
La próxima vez que digamos «no tengo tiempo», quizás valga la pena preguntarnos quién está decidiendo cómo lo usamos.
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