Cuando llegan los días fríos, automáticamente pensamos en la vitamina C. Durante años la asociamos casi exclusivamente con la prevención de resfríos y gripes. Sin embargo, desde la bioquímica sabemos que su función va muchísimo más allá.
La vitamina C participa en cientos de reacciones dentro de nuestro organismo y, en una época del año donde el estrés, las infecciones respiratorias y el menor consumo de frutas frescas son frecuentes, mantener niveles adecuados cobra una importancia especial.
La vitamina C, o ácido ascórbico, es una vitamina hidrosoluble que el cuerpo humano no puede fabricar ni almacenar en grandes cantidades. Esto significa que necesitamos incorporar todos los días a través de la alimentación. Y aquí aparece una de las primeras reflexiones: no alcanza con pensar en ella únicamente cuando estamos enfermos; su verdadero valor está en consumirla de manera habitual.
Uno de sus papeles más conocidos es el fortalecimiento del sistema inmunológico. Pero decir que «sube las defensas» es simplificar demasiado un proceso extraordinariamente complejo.
La vitamina C participa en el funcionamiento de los glóbulos blancos, mejora la comunicación entre las células del sistema inmune y favorece una respuesta más eficiente frente a virus y bacterias. No evita por sí sola que nos enfermemos, pero sí ayuda a que nuestro organismo responda de manera más eficaz.
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Desde la bioquímica también sabemos que es uno de los antioxidantes más importantes del organismo.
Todos los días nuestras células producen radicales libres como consecuencia del metabolismo normal, del ejercicio físico, del estrés, de la contaminación ambiental e incluso de la falta de sueño. Cuando estos radicales libres aumentan por encima de la capacidad de defensa del organismo aparece el llamado estrés oxidativo, un fenómeno relacionado con el envejecimiento celular y numerosas enfermedades crónicas.
Aquí la vitamina C actúa como protectora celular, neutralizando los radicales libres y ayudando además a regenerar otros antioxidantes, como la vitamina E. Por eso no solo hablamos de inmunidad, sino también de salud cardiovascular, función cerebral, recuperación muscular y envejecimiento saludable.
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Otro aspecto poco conocido es su participación en la formación de colágeno. Esta proteína constituye el «andamio» de nuestro cuerpo: forma parte de la piel, los tendones, los ligamentos, los huesos y los vasos sanguíneos. Sin suficiente vitamina C, la síntesis de colágeno disminuye y los tejidos pierden capacidad de reparación. Esto explica por qué una adecuada ingesta favorece la cicatrización y contribuye al mantenimiento de una piel sana.
Además, mejora la absorción del hierro de origen vegetal. Este dato es especialmente importante para mujeres en edad fértil, adolescentes, deportistas y personas con alimentación basada principalmente en vegetales.
También para el estrés
En esta época del año también solemos hablar del estrés. Menos horas de luz, realizamos menos actividad física al aire libre y muchas veces atravesamos períodos de mayor exigencia laboral o emocional. Las glándulas suprarrenales, encargadas de producir hormonas relacionadas con la respuesta al estrés, consumen altas concentraciones de vitamina C. Si bien no es una solución mágica frente al estrés crónico, disponer de niveles adecuados constituye una pieza más dentro del complejo equilibrio que necesita nuestro organismo para adaptarse.
¿Dónde podemos encontrarla?
Los cítricos son los protagonistas más conocidos, pero no son los únicos. Kiwi, frutillas, morrón rojo, brócoli, tomate y repollo también son excelentes fuentes. Un detalle importante es que la vitamina C es muy sensible al calor, la luz y el contacto prolongado con el aire, por lo que cuanto más frescos y menos cocidos consumas estos alimentos, mayor será su aporte.
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La suplementación puede ser útil en situaciones particulares, pero no todas las personas la necesitan.
Como bioquímica, siempre recomiendo priorizar una alimentación variada y, si existe sospecha de déficit o alguna condición específica, consultar con un profesional de la salud antes de incorporar suplementos.
Es el resultado de pequeños hábitos sostenidos en el tiempo. Dormir bien, mover el cuerpo, gestionar el estrés, alimentarnos de manera equilibrada y asegurar el aporte de nutrientes esenciales son decisiones que, sumadas, constituyen bienestar.
María Paula Aguilera Bioquímica. Mg. en Psiconeuroinmunoendocrinologia. Especialista en química clínica. Máster en Neurociencias del deporte. Apasionada por la química y la biología. mariapaulaaguilera@hotmail.com
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