En este artículo, pretendemos reforzar un concepto clave: la utilización superficial o interesada de la discapacidad, sumada a una gestión deficiente, desvía los recursos asignados, lacera el presupuesto y evita que los beneficios lleguen a quienes realmente los necesitan.
En el artículo anterior -La demagogia de la inclusión- publicado en #LPN en el mes de mayo menciomos la deuda pendiente de la sociedad y del sistema educativo con las personas con discapacidad.
Intentamos allí plasmar el impacto en quienes luchan por la accesibilidad y la equidad, así como el efecto negativo de la demagogia en el personal docente y no docente. De manera indirecta, esto afecta también a los alumnos, cuyo rol en las políticas de inclusión sería fundamental si contaran con capacitación y entornos adecuados.
Desde este espacio, insistimos en la necesidad de revisar las políticas públicas en materia de discapacidad e inclusión.
La vulnerabilidad se manifiesta en barreras concretas como dificultades en el acceso a la educación, al mercado laboral, al transporte, a las terapias y a la salud integral.
Analizamos a continuación algunos temas recurrentes que invitan al debate:
1. El uso de la imagen y el lenguaje vacío
La sobreexposición de la imagen de las personas con discapacidad y el uso de un lenguaje carente de contenido erosionan el discurso. Se discute el uso de términos correctos (por ejemplo, «persona con discapacidad» en lugar de «discapacitado»), pero no se avanza en reformas estructurales.
La inclusión se convierte en un eslogan político, un relato sin fundamentos que resulta muy perjudicial para la persona.
2. Héroes o víctimas: una narrativa dañina
Utilizar la realidad de una persona como un ejemplo inspirador de superación o como un objeto de solidaridad es cuestionable, con beneficios efímeros para la persona.
Pero además este discurso superfluo, que se apropia de una narrativa ajena, sin la real dimensión de la problemática, aleja las posibilidades de soluciones concretas, en función de necesidades reales.
3. Falsas promesas y falta de gestión política
Anunciar leyes que nunca se promulgan o gestiones sin asignación presupuestaria ni mecanismos de fiscalización o promoción de accesibilidad total, sin planificación o conocimiento del terreno, marca la gravedad del problema.
La realidad muestra que la ausencia de rampas y las barreras arquitectónicas superan cualquier expectativa. A esto se suma la falta de transporte adaptado y la inaccesibilidad a la tecnología asistida.
«La ausencia de rampas y las barreras arquitectónicas superan cualquier expectativa…»
4. Uso comercial y tecnología asistida
La utilización de personas con discapacidad en campañas publicitarias suele ser irresponsable y genera falsas expectativas. Vender soluciones mágicas sin advertir sus limitaciones favorece el lucro financiero, afecta la sostenibilidad de los sistemas de cobertura social y daña a la persona.
La tecnología asistida es hoy una de las principales fuentes de desigualdad. Mientras que para una minoría es un recurso valioso para una vida plena, para la mayoría su adquisición es una utopía.
Promocionar productos sin regulación ni asesoramiento profesional genera exclusión y frustración, dejando en la persona la errónea sensación de que su falta de mejora se debe solo a la falta del equipamiento mágico.
5. Inclusión laboral y empleo precario
El empleo temporal o de baja calidad está lejos de ser una verdadera contratación inclusiva. A menudo se ofrecen puestos mal remunerados en espacios hostiles o parcialmente adaptados, donde la persona debe invertir una energía excesiva para compensar las deficiencias del entorno.
Finalmente, la falta de transporte público adaptado para llegar al puesto de trabajo se transforma en una barrera infranqueable.
Leé también La demagogia de la inclusión I
Lic. Gustavo Gheller es Fisioterapeuta, Lic. en Kinesiología y Fisiatría, especialista en Kinefisiatría Crítica, diplomado en Kinesiología del Trabajo, Ocupacional y Laboral g.gheller@hotmail.com
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