Acaba de publicarse el último libro de Mariana Komiseroff: Bestias perfectas, el caso Lucio. Es un libro incómodo, angustiante, quizás el libro más importante que se haya hecho en La Pampa en los últimos años, sobre una historia que conmovió, y duele, en todo el país.
En este libro, Komiseroff relata cómo se le ocurrió escribir sobre este caso: el crimen de Lucio Dupuy, el niño de cinco años que asesinaron en la capital pampeana el 26 de noviembre de 2021.
— Me pasó algo similar a lo que me ocurre cuando escribo ficción: hay una imagen que es potente, no sé muy bien qué significa, pero me permite hacerme preguntas: Las mujeres agitan palos de escobas sobre sus cabezas en dirección a la Comisaría, los nenes gritan: ¡Asesinas!, con sus voces infantiles. Dentro de la seccional estaban Magdalena Espósito Valenti y Abigaíl Páez, detenidas por asesinar a golpes a Lucio Dupuy. Magdalena, la madre del niño, Abigail, su pareja.
Dos lesbianas mataron a un niño. Dos lesbianas que se parecían o querían parecerse a cualquiera de las familias heterosexuales que nos podemos imaginar. Entonces, ¿lo que incomoda es que sean lesbianas o que sean dos mujeres las que asesinaron a un niño? Mujeres que deberían comportarse como madres, que por ser mujeres deben ser buenas madres, porque las madres y las mujeres están para eso. Las madres se ocupan de la casa. Se ocupan de todo. Cuidan las madres.
¿Qué significa ser una buena madre? ¿Es posible?
— Me da la sensación de que el concepto de buena madre es como la aspiración a ser buena madre o la demanda social de que las mujeres seamos buenas madres y es muy análoga a la hegemonía estética. La sociedad pretende que las mujeres tengamos un determinado físico que es aspiracional, pero es imposible de lograr. Del mismo modo es imposible ser una buena madre con todo lo que la sociedad quiere.
En la historia clínica que trascendió a la prensa se decía que Magdalena tenía severos problemas para asumir su maternidad. Magdalena pudo darle la teta hasta los dos años y eso le hacía pensar que estaba haciendo las cosas bien.
— Hay otra cosa que me obsesiona en relación al lenguaje y es que a ella se le dificulta la maternidad cuando le saca la teta. Cuando el niño empieza a adquirir lenguaje, cuando tiene que construir su mundo propio, ahí ella lo rechaza.
Komiseroff es lesbiana, es feminista y es madre. Por eso Mariana escribe este libro. Para entender lo inentendible: que una madre haya matado a su hijo. Y sigue sin entender. No hay respuestas. Una vez que se naturaliza la violencia, la violencia lo cubre todo. Entonces Mariana busca en sus recuerdos de madre, escarba, se cuestiona. Se muestra transparente y vulnerable. Transparente para cuestionar. Vulnerable para que surjan todavía más preguntas.
— Yo soy feminista y hago el ejercicio de pensar cómo pensaría Magdalena: yo soy feminista y tengo un varón y quiero que este varón sea distinto. ¿Cómo hago para que este varón sea distinto? ¿Cómo hago para que tenga el lenguaje suficiente para que (ella dice, aunque no sé si está en el libro, ya no recuerdo) terminar con el patriarcado? ¿Cómo se hace? A mí me parece muy curioso. Las feministas también reproducen el patriarcado, todo el tiempo. Eso es lo complejo y lo interesante del asunto para mí.
El libro busca que el lector piense los conflictos en el interior de nuestras propias prácticas, en nuestras propias casas, como feministas, mujeres, madres. El caso implica repensar el feminismo. Y repensarlo es incómodo. Hay y hubo mucha resistencia. Repensarlo ¿cómo?
— Lo que acá se mezcla es un colectivo de varones o de pensadores de derecha que dice, bueno, vieron, las feministas matan niños. Yo no estoy diciendo que las feministas matan niños. Estas feministas mataron a un niño. Eso es distinto. Es una excepción y querían hacerlo ver como una norma. Vieron lo que hacen las mujeres. Bueno, no todas las mujeres son feministas. No todas las feministas matan niños. Hay feministas criminales.
Bestias Perfectas es un ensayo, tiene entrevistas, está escrito como una crónica y se acerca al estilo que tiene Komiseroff en su escritura de ficción.
— Creo que fue el modo que encontré de organizar todo lo que había adentro de esa primera imagen. Pero es un trabajo de tres años, no es que cuando llega la imagen llega todo lo demás. Tenía algo de intuición: qué loco, madres, queriendo linchar a otras madres que mataron a un niño, cuando en definitiva, por ahí es arriesgado decir todas las madres, pero lo voy a decir igual, todas las madres maltratamos a nuestros hijos.
Quizás la violencia de las familias sea el origen de todas las violencias. Entonces aparece esta lectura obligada. Leemos Bestias Perfectas porque tratamos de entender, buscamos respuestas y aparecen más preguntas. ¿Estoy haciendo las cosas bien? ¿Soy buena madre? ¿Qué es ser una buena madre? ¿Tengo contención? ¿Puedo apoyarme en las instituciones que acompañan a mi hijo?
— El grado de vulnerabilidad de las infancias es el más extremo. No sé qué hacer, le doy el celular. No sé qué hacer, lo llevo a tal lado. No sé qué hacer, me desligo y, al mismo tiempo, es mío. Y también estamos en un momento social cada vez peor, cada vez más para atrás. Si un chabón le pega una mina en la calle, más o menos, la sociedad va a intervenir. Pero si una madre le pega al niño en la calle es muy difícil que haya una intervención social más o menos espontánea. Pensamos: el Estado tiene que estar, tiene que garantizar derechos. Pero, ahora mismo, estamos en un momento histórico en el que desde el Estado está bien el odio a los niños. Hay una tendencia a legitimar la crueldad contra los niños y niñas de este país. Entonces es un momento muy difícil para todos y todas, pero especialmente para las infancias.
Bestias perfectas es un libro respetuoso y duro. Es necesario interpelarnos para tratar de volvernos mejores. Es necesario pensar qué estamos haciendo con nuestros hijos, cómo trabajamos nuestra paciencia, cuánto les exigimos, cómo esperamos que la respuesta hacia nuestros hijos no sea violenta.
— Hoy los niños son posesión de sus madres, como objetos. La cosificación de la infancia es espeluznante, pero es muy difícil pensar en otras formas. Los pibes son cosas, hago lo que quiero con el pibe. Por más que la ley y los derechos del niño dicen que son sujetos de derecho, en la práctica eso no acontece.
Que Magdalena y Abigail hayan asesinado a su hijo está cargado de una malicia infinita. De eso no queda ninguna duda. Uno lee y, aunque ya sabemos el final, leemos esperando que todo lo que pasó “y lo que pasó es que Abigail mató a Lucio. A golpes”, sea una mentira propia de la ficción. Porque si fuera mentira, entonces podríamos tranquilizarnos. Pero no es mentira.
Este libro, Bestias Perfectas, el libro de Mariana Komiseroff, no habla sobre la malicia, no hace amarillismo. Al contrario. Es necesario. Nos interpela. Nos intranquiliza. Nos ayuda a pensar cómo ejercemos nuestras maternidades. Es un acierto feminista. Nos pone frente a frente ante nuestros errores, nos muestra tan rotas e imperfectas, tan solas y vulnerables. Mujeres. Madres.
Por eso todas las mujeres anhelamos que este libro fuera una ficción. Por eso todas las madres intentamos ser perfectas. Tal vez, con la ilusión de que nuestras angustias, atrás de cada sonrisa, se hagan visibles. Para que se hable, se trate, se acompañe. Entonces sí es un acierto escribir sobre una muerte que late, de violencias que lo cubren todo, de hogares que lastiman. Es un acierto para volver a buscar un refugio donde sentirse seguras.

Mariana Komiseroff nació en 1984 en Don Torcuato, Buenos Aires. Es autora de los libros Fósforos mojados, De este lado del charco, Una nena muy blanca, Györ, cronograma de una ausencia y La enfermedad de la noche. Para Bestias Perfectas entrevistó a muchas personas, algunas no aparecen citadas. Trabajó con expedientes, revisó los documentos de la causa. Conversó con fiscales, defensores, expertos en prevención de abuso y maltrato infantil, psicoanalistas, antropólogos, periodistas, con testigos directos, con familiares de las detenidas. Hasta el día de hoy es la única persona que entrevistó a Abigaíl Páez y Magdalena Espósito Valenti.
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