El mes de septiembre en el hemisferio sur, nos trae el comienzo de la primavera. Momento de renacer desde adentro: todo aquello que se mantuvo latente bajo el suelo comienza un nuevo ciclo.
Un equinoccio de primavera, se produce cuando el sol se posiciona en el punto más cercano sobre la línea del ecuador, por lo cual el día y la noche tienen casi la misma duración. Después del equinoccio de primavera, el hemisferio correspondiente (norte en marzo y sur en septiembre) se inclina más cerca del sol, lo que resulta en más horas de luz diurna, con amaneceres más tempranos y puestas de sol más tardías.
Como dato curioso la fecha y hora exacta donde ocurrió este fenómeno para este año vigente, fue el 22 de septiembre a las 18:20 GMT (Greenwich). Desde un enfoque astronómico, las fechas de estos eventos se basan en la posición de la Tierra en relación con el Sol y pueden cambiar de un año a otro, es decir que se ajustan a las diferentes zonas horarias.
La primavera es la época donde las plantas y flores rebrotan, brindando color y aroma al ambiente. Los animales aumentan su actividad, comenzando una búsqueda de parejas para su reproducción, y así garantizar la proliferación de las especies. Otros comienzan largos caminos migratorios en búsqueda de nuevas fuentes de alimentos.
Los días se hacen más largos y la temperatura aumenta incrementando la intensidad lumínica, y de esta forma anticipándose a la llegada del verano.
Pero también, puede traer consigo un aumento en el número de plagas que afectan a los cultivos, donde el hombre puede con diversas técnicas mitigar cualquier efecto negativo que estos generen. Como así también, cambios abruptos del ciclo hidrológico, generándose épocas de sequías, tormentas intensas alterando los ciclos naturales.
Es un buen momento para generar nuevos hábitos en nuestro día a día. No podemos ir en contra de la naturaleza, pero si podemos ser colaboradores incorporando rutinas que resulten positivas, con una mentalidad de adaptación y sostenibilidad.
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Cómo «acompañar» a la primavera desde nuestras acciones
Una buena acción con múltiples beneficios, es el uso de compost o abono. Y que mejor aquel que elaboramos con nuestros residuos orgánicos. En este caso, no solo es un beneficio para la fertilidad de nuestro jardín, enriqueciendo el suelo y las plantas con nutrientes (fósforo, nitrógeno y potasio, entre otros) sino un importante aporte para reducir la “basura” que generamos. En complemento, estamos favoreciendo a la microbiota (bacterias, hongos, protozoos) que colabora en la absorción de nutrientes y a defenderse de enfermedades, lo que ayuda a reducir el uso de fertilizantes y pesticidas químicos.
Aunque no solo esta acción enriquece el suelo, además mejora su estructura hídrica. ¿Qué quiere decir esto? Que aumenta de manera positiva la capacidad de retención de agua, lo cual es fundamental para mitigar los efectos negativos en épocas de sequías o lluvias intensas, reduciendo la erosión u escorrentía. Ya que la materia orgánica actúa como una esponja.
¡Siempre estás a tiempo para arrancar!
Siempre es un buen momento para implementar una rutina sencilla, que consista en separar los residuos orgánicos de los inorgánicos, y colocarlos, a estos primeros en un espacio que dispongas ya sea un pozo en la tierra o una compostera.
Lo mejor de todo, es que la tierra hace el 99% del trabajo, y no se necesita ser un experto en jardinería ni tener un gran espacio.
Después de unos meses, verán que los restos se han transformado en un material de color oscuro llamado «oro negro», listo para ser mezclado con la tierra de macetas o en el jardín, cerrando el ciclo de vida de forma perfecta.
Guillermina Porcel Tavernelli Ingeniera en Recursos Naturales y Medio Ambiente. guillerminatavernelli@gmail.com
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