Son las once de la noche. Decís: “miro un ratito el teléfono y duermo”. De repente estás en una montaña rusa emocional: entre un video gracioso, una noticia de guerra, la foto perfecta de alguien de vacaciones, un meme tonto, un hilo de odio político, un perrito rescatado, estadísticas del dólar, una ex pareja que “ahora sí es feliz”.
Un dedo. Un pequeño gesto. La felicidad a un click, la tristeza a otro. Nos gusta creer que somos conductores libres en la autopista digital. Que elegimos qué ver, a quién seguir, de qué opinar. Pero cada vez hay más evidencia de algo incómodo, de que muchas de esas emociones no son un casualidad del uso de redes, sino parte del diseño del sistema.
El teórico de medios Geert Lovink lo plantea con crudeza en su libro Tristes por diseño, y nos dice que las redes sociales no solo nos conectan, también producen una forma específica de tristeza, fatiga y vacío. No es un error de sistema por casualidad, sino es una característica del modelo de negocio.
Bien distraídos, completamente extraídos
Las grandes plataformas viven de dos cosas: nuestra atención y nuestros datos. Para maximizar ambas, necesitan que estemos el mayor tiempo posible en ese scroll infinito. ¿Cómo se logra? Con una dieta emocional muy precisa, que son un poquito de ternura, bastante indignación, algo de miedo, dosis altas de envidia y comparación.
Cada emoción fuerte es un anzuelo, el famoso “hook” en la jerga. Y el algoritmo aprende rápido qué anzuelos te funcionan mejor, entendiendo que si te enganchás más con peleas políticas, te dará más peleas. Si te quedás mirando cuerpos perfectos, te inundará de cuerpos perfectos. Si te atraparon las teorías conspirativas, te llevará cada vez más lejos. Mientras tanto, creemos que “solo estamos pasando el rato”.
Lovink habla de una “sociedad de lo social” en la que ya casi no existe vida social fuera de las plataformas. Lo social se confunde con lo “posteable”, y si no tiene foto, historia o reel, casi que no cuenta. Ese encierro silencioso tiene un costo emocional que todavía subestimamos.
El inconsciente no tiene «modo avión«
En la superficie parece sencillo, solamente veo una foto, me río, paso a lo siguiente. Pero por debajo, en ese inconsciente que no tiene modo avión, pasan otras cosas.
• Cuando vemos solo vidas exitosas, cuerpos trabajados, casas ordenadas, viajes soñados, nuestro cerebro compara y nos replica “ellos pueden, yo no”. No lo pensamos así, pero lo sentimos.
• Cuando consumimos noticias apocalípticas sin contexto, el mundo se vuelve un lugar cada vez más peligroso e incontrolable.
• Cuando nos peleamos con desconocidos en comentarios, vamos entrenando un modo de relación basado en la agresión rápida, no en el argumento.
Creemos que “tenemos control” porque nadie nos obliga a cliquear. Pero el control que tenemos es consciente, racional. Lo que no controlamos son las pequeñas erosiones diarias: la tristeza sorda, la ansiedad, la sensación de no estar a la altura, el enojo permanente con “los otros”.
Es como vivir al lado de una ruta muy ruidosa. Al tercer día decís “ya me acostumbré”. Sin embargo, tu cuerpo no se acostumbró y duerme peor, se estresa más, vive en alerta.
Del like al agujero negro
Las redes nos ofrecen dos grandes botones emocionales:
1. El del “me gusta”, la gratificación rápida, el mini-chispazo de felicidad o pertenencia.
2. El del “me indigno”, “me comparo” o “me asusto”, que abre el agujero negro del doomscrolling: seguir bajando buscando algo que compense lo que acabamos de sentir.
Y ahí se produce el loop perfecto, que la misma herramienta que te da un alivio instantáneo te empuja, unos segundos después, a una nueva dosis de tristeza, miedo o frustración. Es un sube y baja sin recreo.
No se trata de demonizar las redes. Pueden ser espacios de aprendizaje, organización y encuentro genuino. El problema es entrar sin estrategia, como quien va al casino “a ver qué pasa”. En el casino sabés que la casa siempre gana. En las redes, todavía nos cuesta aceptarlo.
¿Podemos recuperar el control?
La buena noticia es que no estamos condenados. Si las plataformas son “tristes por diseño”, nuestra tarea es empezar a diseñar nuestro uso de ellas. No alcanza con “tener fuerza de voluntad”; hay que cambiar el contexto en el que usamos el teléfono. Algunas ideas prácticas:
1. Definir para qué abrís cada aplicación. Antes de tocar el ícono, preguntate: “¿Qué vengo a hacer? ¿Responder mensajes? ¿Ver una noticia específica? ¿Buscar algo de trabajo?”. Si la respuesta es “vengo a ver qué hay”, ya estás regalando tu atención al algoritmo.
2. Ponerle límites al scroll. Horarios y cantidades. Por ejemplo: dos ventanas de 15 minutos al día para redes, y listo. El resto, mensajes directos y cosas puntuales. Parece poco, pero esa escasez te obliga a elegir mejor.
3. Practicar «higiene emocional digital» Si una cuenta te deja peor que antes de verla (más enojado, más inseguro, más triste), dejá de seguirla. Si un tema te obsesiona y te drena, poné un límite: mutealo por un tiempo, buscá fuentes más serias, hablalo con alguien fuera de la pantalla.
4. Agregar contenido lento a tu dieta. Un libro en la mesa de luz, un podcast largo, una clase grabada. Algo que te obligue a salir del picoteo constante. El cerebro también necesita comidas de olla, no solo snacks.
5. Volver a la conversación. Una parte de nuestra tristeza digital es soledad disfrazada. Mandar un audio honesto a un amigo, tomar un café sin teléfono, discutir una idea cara a cara, tiene un poder terapéutico que ninguna story reemplaza.
Felices por decisión, no por algoritmo
No vamos a volver a un mundo sin redes sociales. Tampoco hace falta. Pero sí podemos dejar de ser turistas emocionales guiados por un algoritmo que no nos conoce, solo nos explota.
Si aceptamos que las plataformas están diseñadas para estirar al máximo nuestro tiempo de conexión, aunque eso nos vuelva más ansiosos, polarizados o tristes, podemos empezar a tomar decisiones incómodas pero liberadoras como cerrar la app cuando algo nos hiere, elegir el silencio antes que el comentario ácido, dejar el teléfono en otra habitación, permitirnos el aburrimiento.
La felicidad a un click es marketing. La tristeza a otro, también. Lo que no es marketing es esa pregunta que queda cuando apagamos la pantalla:
¿Qué quiero sentir cuando termine el día?
Las redes contestan rápido por nosotros. La tarea de esta época es volver a contestar nosotros.
Las redes pueden sugerirnos mil caminos, pero ninguna sabe qué vida queremos vivir. El desafío de esta época es simple y enorme a la vez, no lleva a recuperar el timón y decidir nosotros qué emociones, qué vínculos y qué ideas merecen realmente un click, mejor dicho, merecen ser vividas.
Alejandro Lang es Lic en Administración y MBA. Consultor y profesor especializado en estrategia, innovación y habilidades de gestión. alejandro.lang@hulknegocios.com
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