Lo que me dejó el Forbes AI Summit tiene poco que ver con la locura del minuto a minuto de las nuevas tendencias y mucho con lo que pasa puertas adentro de las empresas.
En uno de los hoteles más glamourosos de Ciudad de Buenos Aires, el Four Seasons Buenos Aires, con toda la manzana rodeada por fans de AC/DC, estaba rodeado de founders, inversores y ejecutivos de empresas grandes, escuché a Santi Siri decir algo que me quedó dando vueltas. Algo sobre el futuro que ya llegó. Pergolini (Mario), desde otro ángulo, tiraba ideas con esa mezcla de irreverencia y lucidez que lo caracteriza. El Forbes AI Summit tenía esa energía que generan los eventos donde todos parecen convencidos de que están en el lugar correcto, en el momento justo.
Y sin embargo, salí con más preguntas que certezas, porque la foto oficial es potente. Argentina tiene talento, tiene un ecosistema emprendedor que crece, tiene desarrolladores que el mundo se pelea por contratar. Se habla de convertir al país en un hub de inteligencia artificial, y hay razones concretas para creerlo. Pero debajo de esa superficie brillante, lo que vi me dejó una sensación incómoda.
Lo que nadie quiere decir en voz alta
Hay un fenómeno que en el mundillo tech llaman Shadow AI. Es simple y es brutal: gente usando inteligencia artificial en sus trabajos sin que nadie lo sepa. A veces por vergüenza, a veces por miedo a que los miren raro, a veces porque directamente no hay ninguna política que les diga si pueden o no. Lo hacen en secreto, como quien abre el celular debajo de la mesa. Y acá está el problema real. No es que la usen. Es cómo la usan. Sin contexto, sin criterio, sin formación. Prompts que parecen búsquedas de Google. Preguntas sueltas que podrían hacerse en cualquier buscador. La IA convertida en un asistente de lujo para consultas banales.
El dato que más me sacudió es uno que venimos relevando desde HULK! con empresas de la región: hasta el 75% del uso de herramientas pagas de IA se destina a ocio o preguntas intrascendentes. Tres cuartas partes de una tecnología que podría redefinir procesos completos, tirada en preguntarle a ChatGPT qué película ver el fin de semana o pedidos irrelevantes. Estamos frente a una herramienta transformadora y la estamos usando como un Google con esteroides.
El verdadero cuello de botella no es la tecnología
Muchas empresas creen que «adoptar IA» es contratar una licencia, instalar un chatbot o mandar a alguien a un curso de prompts. Y ahí se quedan. Pero lo que vi en estos eventos, y lo que confirmo cada semana en el trabajo con organizaciones, es que el problema de fondo no pasa por la herramienta. Pasa por los procesos. Pasa por la cultura. Pasa por cómo trabajamos. Meter IA en un proceso viejo es como ponerle un motor de Fórmula 1 a un carro tirado por bueyes. No funciona.
Lo que hay que hacer es rediseñar la forma en que se trabaja, repensar flujos completos, identificar dónde la IA agrega valor real y dónde simplemente decora. Y para eso hacen falta políticas claras. Reglas de juego. Quién puede usar qué, con qué datos, para qué decisiones, con qué límites de seguridad y privacidad. La mayoría de las organizaciones que conozco no tiene nada de esto. Ni un documento, ni un lineamiento, ni una conversación seria al respecto. Es el terreno fértil perfecto para que florezca la Shadow AI con todos sus riesgos: datos sensibles compartidos sin control, decisiones tomadas sobre respuestas que nadie verificó, informes que parecen impecables pero que no resisten la menor revisión crítica.
Desde hace tiempo junto a Pablo Marek venimos trabajando justamente en eso: no en vender IA, sino en ayudar a las empresas a implementar políticas, lógica estratégica y procesos que le den sentido al uso de estas herramientas. Porque sin eso, la IA es solo ruido caro.
El talento, la otra pata floja
Otro número que circuló en el Summit: el 73% de las empresas reconoce dificultades para conseguir talento tech. Y es cierto, hay escasez. Pero también hay un problema que se mira menos: la gente que ya está adentro y no se actualiza. Profesionales que llevan años haciendo lo mismo, con las mismas herramientas, y que miran la IA como algo ajeno, lejano o amenazante.
El upskilling y el reskilling dejaron de ser un beneficio de capacitación para convertirse en una inversión de supervivencia. No alcanza con contratar talento nuevo. Hay que desarrollar al que ya tenés. Y eso implica tiempo, plata y una decisión estratégica que muchos líderes todavía no quieren tomar.
Lo digo sin filtro: el que no sabe usar IA, empieza a quedar afuera. No mañana. Ya.
AI First, pero con cabeza
Se habló mucho en estos eventos del concepto AI First. La idea es sencilla: antes de hacer algo, preguntate cómo lo harías con IA. Antes de contratar a alguien para una tarea, pensá si se puede resolver con IA. Antes de diseñar un proceso, evaluá qué parte puede automatizarse o potenciarse.
Me parece un enfoque poderoso, siempre y cuando no se vuelva un piloto automático. Porque el riesgo inverso también existe: automatizar sin pensar, delegar sin criterio, confundir velocidad con inteligencia. La IA no reemplaza el pensamiento crítico. Lo necesita más que nunca.
Lo que me llevo
Salí del Summit con una convicción reforzada. No hay transformación digital sin transformación humana. Podés tener las mejores herramientas, los algoritmos más sofisticados, la infraestructura más moderna. Pero si las personas que los usan no cambian su forma de pensar, de trabajar y de decidir, todo eso es cáscara.
La IA ya está en tu empresa. Probablemente alguien la esté usando ahora mismo, mientras leés esta nota. La pregunta no es si va a impactar en tu negocio. La pregunta es si vas a seguir mirando para otro lado o vas a hacerte cargo de cómo se usa.
Porque esto no es sobre tecnología. Es sobre cómo trabajamos. Y sobre quién se anima a repensarlo en serio.
Alejandro Lang es Lic en Administración y MBA. Consultor y profesor especializado en estrategia, innovación y habilidades de gestión. alejandro.lang@hulknegocios.com
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